El bono de EE.UU. roza el 5% y encarece la deuda a largo en todo el mundo
El interés del bono estadounidense a diez años toca máximos desde 2023 y arrastra a Japón, Alemania, Francia y Reino Unido, según el análisis de Juan Ramón Rallo en ABC.

La financiación a largo plazo se está encareciendo de forma simultánea en las principales economías desarrolladas. El tipo de interés de la deuda pública estadounidense a diez años ha rozado esta semana el 5%, su nivel más alto desde 2023, y el mismo movimiento se observa en Japón, Reino Unido, Alemania y Francia. Así lo describe el economista Juan Ramón Rallo en su columna publicada en ABC, que atribuye el fenómeno a un cambio de fondo en la oferta y la demanda de ahorro mundial.
Qué está pasando con los tipos a largo
Conviene distinguir dos cosas que a menudo se confunden. Los bancos centrales fijan los tipos a corto plazo, el precio del dinero a pocos meses vista. Los tipos a largo plazo, en cambio, los determina el mercado: son la rentabilidad que exigen los inversores por prestar dinero a un Estado durante diez, veinte o treinta años. Y ahí es donde se está produciendo el encarecimiento.
Según el análisis de Rallo, el último tramo de la subida tiene causas identificables: el petróleo por encima de los 100 dólares por barril a raíz del conflicto con Irán y la creciente probabilidad de que la Reserva Federal vuelva a mover sus tipos al alza. Pero el autor sostiene que la tendencia es anterior: los tipos de interés reales —los que quedan una vez descontada la inflación— llevan tiempo escalando incluso mientras los bancos centrales relajaban su política monetaria. Dicho de otro modo, el dinero a corto se abarataba y el dinero a largo se encarecía al mismo tiempo.
Se acabó el ahorro sobrante
La explicación que ofrece la columna pasa por lo ocurrido en la década anterior. Tras la crisis de 2008, familias y empresas muy endeudadas dedicaron años a reducir sus pasivos: ahorraban mucho e invertían poco, un proceso conocido como desapalancamiento. Ese exceso de ahorro privado fue absorbido por los Estados a un coste prácticamente nulo, lo que alimentó la idea de que la deuda pública no tenía límite financiero.
En esta década han cambiado dos elementos. Primero, los gobiernos salieron de la pandemia con un volumen de deuda mucho mayor y con una dependencia del déficit más acusada. Segundo, el sector privado ha dejado de estar inactivo: el ciclo inversor ligado a la inteligencia artificial absorbe grandes cantidades de capital. El resultado es que el ahorro disponible ya no sobra y los Estados compiten por él con las empresas. El precio de esa competencia es, precisamente, el tipo de interés.
El caso francés y el riesgo de espiral
Rallo señala que no todo el empuje al alza es negativo: si los tipos suben porque el sector privado ve buenas oportunidades de rentabilidad, eso refleja dinamismo. El problema es la otra mitad, la de gobiernos que se endeudan para financiar gasto corriente de forma estructural y no inversiones que eleven el crecimiento futuro.
Francia aparece como ejemplo. Su ministro de Finanzas, Roland Lescure, ha reconocido que el déficit superará este año el 5% del PIB porque la economía se enfría más de lo previsto. De ahí se deriva el riesgo que describe el artículo: más intereses engordan el déficit, un déficit mayor obliga a emitir más deuda, y ese aumento de emisiones deteriora la percepción de solvencia y vuelve a encarecer la financiación. En España, el coste previsto de los intereses de la deuda apunta en la misma dirección.
La vía de imprimir dinero para comprar la propia deuda tampoco resuelve el problema, según el economista: Japón podría hacerlo, pero a costa de debilitar aún más su divisa y trasladar la factura a los ciudadanos por la vía de la inflación.
El efecto de este entorno no se queda en los despachos. Cuando el precio del dinero sube, se traslada a hipotecas, créditos empresariales y costes de refinanciación. Ya se ha visto con la repercusión del euríbor en las cuotas hipotecarias y con las últimas decisiones del Banco Central Europeo. La conclusión de Rallo es que, si la financiación escasea, alguien tendrá que ceder: la inversión privada, el gasto público o el bolsillo de los contribuyentes.
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Elaborado a partir de información publicada por ABC Economía · Fuente primaria: documento original